Queremos dejar un espacio para un aniversario especial de Iñaki Díaz:

En Este mes de agosto se cumplen 25 años desde que empecé a trabajar en cooperación al desarrollo. Un cuarto de siglo que, sobre el papel, podría resumirse en cifras: más de 40 viajes desde 2001, cientos de proyectos gestionados, países en Latinoamérica, África y Oriente Medio recorridos de punta a punta. Pero reducir estos 25 años a números sería traicionar lo que realmente los ha llenado de sentido: las personas.

No fueron proyectos, fueron historias

Cuando empecé en esto, pensaba en términos de «proyectos»: líneas presupuestarias, indicadores, informes de seguimiento. Con el tiempo entendí que detrás de cada proyecto había siempre lo mismo: una comunidad que confiaba, un equipo local que se dejaba la piel, una familia que esperaba que aquello funcionara de verdad. Algunos de esos proyectos fueron grandes, con presupuestos importantes y visibilidad. Otros fueron pequeños, casi invisibles fuera de la comunidad donde se desarrollaron. Y sin embargo, muchas veces han sido precisamente esos proyectos pequeños los que más huella han dejado, los que con menos recursos consiguieron el mayor impacto.

Porque no siempre se trató de mejorar vidas. A veces, sencillamente, se trató de salvarlas. Un sistema de agua potable que evitó epidemias. Un centro de salud que llegó a tiempo. Una red de alerta temprana que dio a una comunidad los minutos que necesitaba para ponerse a salvo. Son esos momentos los que, con los años, uno entiende que son el verdadero motivo por el que merece la pena dedicar la vida a esto.

Guatemala y El Salvador, una casa a la que siempre se vuelve

De todos los países por los que me ha llevado este camino, Guatemala y El Salvador ocupan un lugar aparte. No sabría decir cuántas veces he cruzado esa frontera, cuántos amaneceres he visto desde una camioneta subiendo hacia el altiplano guatemalteco, cuántas tardes he pasado sentado en un patio salvadoreño escuchando a alguien contarme, sin prisa, cómo era su vida antes y cómo es ahora.

Con los años, esos viajes dejaron de ser viajes de trabajo para convertirse en algo más parecido a volver a casa. Uno aprende los nombres de los hijos de la gente, pregunta por la cosecha, se entera de las bodas y de los duelos. Se construyen amistades que sobreviven al proyecto que las originó, que siguen vivas años después de que el informe final se archivara.

Cada región ha tenido su propio ritmo, su propia manera de enseñar. África me mostró la fuerza de comunidades que, con muy poco, sostienen mucho. Oriente Medio me enseñó a trabajar en contextos donde la urgencia y la dignidad conviven en cada gesto cotidiano. Culturas distintas, idiomas distintos, paisajes que no se parecen en nada entre sí. Y sin embargo, en todas partes, la misma constante: personas dispuestas a abrir su casa, su tiempo y su confianza a alguien que llegaba de fuera con la intención de ayudar.

Las personas que no caben en una lista

Si algo he aprendido en estos 25 años es que no hay manera de nombrar a todas las personas que han marcado este camino. Compañeros de equipo que se convirtieron en amigos para toda la vida. Personal local sin cuyo conocimiento y dedicación ningún proyecto habría funcionado. Vecinos y vecinas de comunidades que me recibieron sin conocerme y me despidieron como a uno más. Colegas de otras organizaciones con quienes compartí carreteras, esperas interminables en aeropuertos y, más de una vez, alguna preocupación compartida en plena noche por cómo iba a salir adelante tal o cual situación.

A todos ellos, aunque no puedan estar aquí nombrados uno por uno, les debo buena parte de lo que soy hoy. Este trabajo, más que ninguna otra cosa, me ha enseñado que la cooperación al desarrollo no la hacen las instituciones ni los proyectos: la hacen las personas, unas para otras.

Mirando hacia atrás, y hacia adelante

25 años dan para mucho: para aprender, para equivocarse, para volver a intentarlo, para ver crecer proyectos desde una idea sobre un papel hasta convertirse en algo tangible que cambia vidas. Dan también para acumular una lista enorme de rostros, de conversaciones, de lugares a los que siempre querré volver.

No sé cuántos años más me quedan en este camino, pero sí sé que, mirando atrás, no cambiaría nada. Ni los viajes largos, ni las esperas, ni las noches difíciles, ni las despedidas. Porque al final, de todo esto, lo que queda no son los informes ni las evaluaciones. Lo que queda son las personas. Y esas, afortunadamente, no se archivan: se quedan.

Gracias a todas y todos los que han formado parte de este recorrido.

Familias Monterito. Lomerío, con PROCESO Foto Grupo Seminario Campamento Chamisku